La niebla descendía temprano aquella tarde, envolviendo las callejuelas de Grayhaven como un manto espeso que parecía tragarse las casas de madera y los postes de luz oxidados. Era el mismo fenómeno que, desde hacía décadas, alimentaba las leyendas. Los ancianos del pueblo aseguraban que la niebla no era solo un fenómeno natural, sino la forma que escogía una presencia antigua para moverse entre los vivos. Lo llamaban el asesino de la niebla, un espectro que escogía a sus víctimas al azar, homb