La madrugada había caído sobre Grayhaven como un manto pesado y húmedo. Era la hora en que el pueblo dormía, cuando ni siquiera los perros se atrevían a ladrar. La niebla avanzaba desde el mar y se deslizaba por las calles como un animal hambriento, cubriendo faroles, aceras y portales con su velo blanco. Para los habitantes, era una rutina: cada invierno la bruma lo invadía todo. Pero esa noche tenía algo distinto, algo sofocante, casi maligno.
El sheriff Thomas conducía solo. El ronroneo del