La bruma seguía flotando sobre las calles empedradas de Grayhaven cuando Allyson Drake cerró la puerta de la habitación de la posada donde se hospedaba. No encendió la luz de inmediato; prefería que sus ojos se acostumbraran a la penumbra. Aún sentía el frío de la noche en la piel, pero no era el clima lo que le recorría la espalda: era la sensación persistente de que, durante la cena, alguien la había estado vigilando más allá de lo evidente.
Colocó el bolso sobre la pequeña mesa de madera y s