La oscuridad no la soltaba de inmediato. Estaba atrapada en ella, sumergida en un vacío de dolor y confusión. Su mente flotaba en fragmentos borrosos, incapaz de reconstruir el momento en el que todo se había desplomado: el golpe, el suelo alejándose y acercándose demasiado rápido, el impacto seco contra su cuerpo.
Pero no estaba muerta.
El dolor seguía allí, un peso ardiente en su cabeza, palpitante, extendiéndose por su nuca y sus hombros como una presencia constante. Su respiración era