Cuando Asteria terminó de ajustar el vendaje, dejó escapar un pequeño suspiro de alivio, aunque sus ojos seguían reflejando la preocupación que sentía. Sin pensarlo demasiado, levantó una mano y la colocó suavemente sobre la mejilla de Lysandra, sus dedos rozando la piel con una ternura que la detective no esperaba.
—No vuelvas a hacerme esto —susurró Asteria, su voz temblando ligeramente—. No quiero verte herida otra vez.
Lysandra se quedó inmóvil, sorprendida por el gesto. La calidez de l