Rafael estaba tirado sobre el suelo frío y áspero.
Su cuerpo sangraba por varias partes, pero era la herida en su costado y cabeza la que más lo quemaba, como si un hierro al rojo vivo lo atravesará sin piedad.
La sangre formaba un charco pegajoso debajo de él, caliente al principio, pero ahora se sentía cada vez más fría, igual que su piel.
Atado, inmóvil, completamente vulnerable, gritó con todas sus fuerzas… o con lo poco que le quedaba.
Pero su voz apenas salió como un eco rasgado, seco, q