Elliot llegó a la casa con el pulso acelerado, el ceño fruncido y el alma revuelta.
Había tenido un mal presentimiento.
Abrió la puerta con fuerza, como si esperara encontrar a Rossyn ahí, esperándolo, obediente como siempre.
Pero lo que encontró fue algo mucho peor: vacío.
Silencio.
Oscuridad.
La casa estaba en calma, demasiado tranquila.
Las luces apagadas. El aire frío. Como si nadie hubiera respirado ahí en horas. Como si la vida se hubiese evaporado.
—¿Rossyn? —llamó, con voz seca.
Esperó u