—¡Helmer! ¿Qué estás diciendo? —la voz de Azul tembló, como si aquellas palabras le hubieran atravesado el alma.
Helmer no se detuvo. Con decisión, tomó su mano entre las suyas, entrelazando los dedos con una ternura desesperada. Sus ojos, húmedos, se clavaron en los de ella.
—¡Te amo, Azul! Siempre te he amado. Desde el primer día. Nunca quise hacerte daño, solo… solo quería protegerte. Déjame estar a tu lado, déjame amarte como Hernán no supo hacerlo. Yo jamás te abandonaré.
Su confesión cayó