En el hospital
Anahí estaba sentada en la banca metálica, con los ojos llenos de lágrimas, temblando como una hoja en otoño.
Alfonso estaba a su lado, con el rostro endurecido por la tensión, pero sin soltarla ni un segundo.
La tenía entre sus brazos, aferrado a ella como si solo así pudiera sostenerla en pie.
—Ella está bien —le susurró al oído, tratando de infundirle calma, aunque su propia voz temblaba—. Por favor, no te angusties, mi amor. Azul está bien, ¿sí? Eso es lo más importante ahora.