Rossyn rompió en llanto. Su rostro se desfiguró por la desesperación. Las lágrimas caían sin freno, ardientes, llenas de impotencia.
—¡Te juro que no! —sollozó, con la voz quebrada, su respiración descompasada—. No me crees… lo sé. Pero mañana… mañana te lo demostraré con una prueba de embarazo, ¿bien? ¡Te lo juro por lo que más amo!
Alfredo la miró. Había furia en su pecho, pero sobre todo, dolor.
—¡Rossyn! —la llamó con el alma hecha trizas, pero ella ya no lo escuchaba.
Dio media vuelta y se