—¡Mamá, despierta, por favor, no me dejes!
La voz de Darina se elevó en un grito desgarrador, cargado de angustia, mientras sus manos temblorosas se agitaban tratando de sacudir a su madre, que yacía inmóvil en la cama.
El dolor en su pecho era insoportable, como si un abismo inmenso estuviera tragándose cada latido.
La sensación de pérdida la ahogaba, llenándola de una desesperación que parecía hacer eco en cada rincón de la habitación.
Con los ojos enrojecidos y el alma rota, Darina escudriñó