Darina fue subida al auto a la fuerza, con los ojos perdidos y el corazón hecho trizas. Se sentía atrapada en una pesadilla de la que no podía despertar.
Desde el interior del vehículo, sus ojos vidriosos se aferraban a la imagen de sus hijos, que estaban del otro lado de la ventana.
Gritaban, lloraban, estiraban los brazos hacia ella, pero una barrera de cristal —física y simbólica—la separaba de ellos.
El alma se le partía.
Anahí los sujetaba con firmeza, conteniendo el impulso natural de los