La casa de campo estaba silenciosa, envuelta en una quietud que parecía fingida.
Los árboles altos mecían sus hojas con una brisa suave, como si supieran que, dentro de esas paredes, dos mujeres intentaban no quebrarse del todo.
Anahí observaba por la ventana con el ceño fruncido, como si esperara ver algo que pudiera darles respuestas, mientras Darina se abrazaba a sí misma, sentada en el borde de una cama improvisada.
Tenía los ojos vidriosos, rojos de tanto llorar, y las manos temblorosas. No