Darina rompió el beso como si los labios de Hermes la hubieran marcado con fuego.
Retrocedió de golpe, con la respiración entrecortada y los ojos abiertos de par en par.
—¿Qué haces? —jadeó, temblando—. No tienes que besarme… ¡Tú y yo no somos nada!
Hermes dio un paso hacia ella, con el corazón acelerado, como si aún no comprendiera lo que acababa de hacer.
Pero Darina lo miró como si fuera un completo desconocido.
—Somos los padres de tres niños, Darina —dijo él con voz grave, cargada de una em