Darina sintió cómo la rabia crecía dentro de ella, hirviendo en su pecho. La furia de años reprimidos se desbordó en un solo impulso.
Empujó al hombre con todas sus fuerzas, y lo miró fijamente, sus ojos llenos de un fuego que no podía apagar.
—Ah, ¿es eso? Claro, no puedes creer en mí, necesitas siempre un testigo de mi inocencia. ¡Eres patético, Hermes Hang! —la voz de Darina vibraba con desprecio y dolor.
Intentó salir, pero él la detuvo, más firme que nunca. Su cuerpo imponente la bloqueaba.