Alfonso temblaba. Cada fibra de su cuerpo vibraba como una cuerda rota.
Su mundo, sus certezas, sus recuerdos, todo se desmoronaba en tiempo real, frente a sus ojos.
—¿Qué? Espera… ¿Mi hijo? Pero… tú te casaste con otro, dijiste que él era el padre y...
—¡Mentí! —gritó Edilene, con la voz casi débil—. ¡Mentí porque estaba rota, porque me heriste como nadie! Te vi con esa mujer, con Anahí, mientras yo soñaba con nuestra boda. Tú tuviste un hijo con ella, y entonces... yo quise devolverte el dolor