Por primera vez, Anahí sintió que la mujer que tantas veces la había despreciado estaba de su lado. Azucena, la misma que solía juzgarla con frialdad, se había interpuesto entre ella y el caos, como un escudo humano. El sentimiento fue extraño, casi desconcertante, pero también reconfortante.
Sin embargo, esa sensación no duró mucho.
Un empujón inesperado derribó a Azucena. Alguien, presa de la confusión y la furia colectiva, la había tirado al suelo. Anahí soltó un grito que le brotó del pecho