Cuando Rossyn llegó a la casa de su infancia, un silencio pesado le dio la bienvenida.
Las luces del recibidor estaban encendidas, como si alguien la hubiera estado esperando en vela, pero en el aire flotaba un nudo de tensión que le oprimió el pecho. Sus padres, Hermes y Darina, la esperaban al final del pasillo, junto a la gran escalera de madera que crujía con cada segundo de vacío.
Hermes la miró con el ceño fruncido, la mandíbula apretada. Sus ojos, antes siempre cálidos, resplandecían ahor