Anahí se alejó, con el corazón en la garganta y los latidos retumbando en sus oídos.
Caminaba con pasos rápidos, casi torpes, como si su propio cuerpo quisiera escapar del infierno, que su mente todavía no lograba comprender del todo.
No volteaba, no quería hacerlo. Le ardían los ojos por las lágrimas contenidas, pero no podía llorar. No allí. No frente a él.
Y entonces, como una daga helada en mitad de la espalda, escuchó su voz.
—¡Anahí!
Se detuvo. El sonido de su nombre en esa voz que tanto h