Edilene apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en la piel.
El rencor ardía en su pecho, el orgullo herido la cegaba. Sacó el celular y marcó.
Su voz fue una orden helada:
—¡Ahora!
En cuestión de segundos, los guardias de seguridad irrumpieron en la oficina.
Anahí apenas pudo reaccionar.
—¡Saquen a esta mujer de mi vista! —gritó Edilene, con el rostro deformado por la rabia— ¡No la quiero un segundo más en la empresa Morgan!
Los guardias dudaron. Se miraron entre ellos, incóm