El miedo le recorría el cuerpo como veneno caliente.
Darina forcejeaba con furia ciega, sus muñecas atadas ardían por la fricción, y su garganta era un eco reseco de tantos gritos… pero aun así, seguía intentándolo.
—¡Suéltame! ¡Auxilio! ¡Por favor…!
Pateaba el aire, se retorcía, lanzaba su cuerpo hacia atrás como un animal herido.
Pero el hombre que la sujetaba no cedía. Sus manos eran grilletes de hierro, insensibles a su desesperación.
—No luches, Darina —escupió con desprecio—. ¡Estás acabad