Hermes llegó a la mansión.
Sus pasos resonaron en el mármol con una mezcla de urgencia y desdén.
Llevaba una maleta en mano, el corazón lleno de determinación y la mente anclada en otra mujer.
Pero al entrar en su habitación, se detuvo en seco.
—¿Qué demonios…?
Alondra estaba ahí. Apenas cubierta por una bata de seda que dejaba poco a la imaginación, con el cabello suelto y los labios maquillados como si esperara una cita romántica.
—Hermes… —susurró con voz melosa, dando un paso hacia él.
Él fr