La ambulancia llegó con un chillido de urgencia que partió la noche en dos.
Subieron a Hernán con rapidez, su pequeño cuerpo parecía más frágil que nunca.
Darina, con los ojos llenos de lágrimas, no dejaba de mirarlo como si temiera que en cualquier momento se desvaneciera frente a ella. Apretaba contra su pecho a los niños, que sollozaban, confundidos, preguntando una y otra vez qué pasaba, por qué su hermanito no despertaba.
Hermes, con el rostro pálido y el alma hecha trizas, tomó el teléfono