Cuando regresaron a la cabaña tras su paseo por el lago, el aire fresco de la tarde parecía envolverlo todo en una calma irreal.
Freddy, con su rostro de niño agotado, pero feliz, caminaba de un lado a otro, diciendo que no tenía sueño, aunque en sus ojos brillaba claramente la fatiga acumulada.
—¡Quiero jugar mucho, papito! —exclamó con una sonrisa radiante, pero pronto, el bostezo traicionó sus palabras.
Alfonso no pudo evitar sonreír.
El pequeño había estado tan emocionado todo el día. Habían