Anahí apenas pudo contenerse.
Ver a esa mujer semidesnuda, cubierta apenas por una toalla y sonriendo con arrogancia, fue como recibir una bofetada en el alma.
Sin pensar, empujó a la mujer a un lado y cruzó la entrada del Penthouse.
No pidió permiso. No lo necesitaba.
Tenía que verlo con sus propios ojos.
Su corazón golpeaba con fuerza, cada latido era una puñalada.
Caminó por el elegante pasillo, sintiendo que el aire se volvía más denso, como si la casa misma la estuviera empujando a salir. P