Anahí no podía apartar la vista de su hijo. Lo veía allí, tan pequeño, tan frágil, con esa mirada esperanzada que partía el alma. Le dolía. Le dolía de una forma que no sabía cómo nombrar. Freddy lo había esperado todo el día. Le habían dicho que su papá vendría, y él lo creyó, con esa fe ciega que solo los niños conocen.
—¿Dónde estás, Alfonso? —susurró Anahí, con la garganta cerrada y el alma hecha pedazos.
Quería creer que todo era un malentendido.
Quería pensar que Alfonso no era esa clase d