Subieron al coche en silencio, pero la tensión era palpable.
Enzo se acomodó al volante, y mientras conducía, sentía cómo el miedo le atravesaba cada músculo, cada pensamiento.
Miraba de reojo el rostro de la pequeña Ziara, que jugaba distraídamente en el asiento trasero, sin percibir la gravedad de la situación, y se preguntaba qué clase de persona era para hacer lo que estaba haciendo.
Sus manos temblaban ligeramente sobre el volante.
“¿Qué estoy haciendo? ¿Qué clase de hombre soy?”
Se repetía