—¿Qué es lo que quieres, Johana? —preguntó Enzo con la voz tensa, los ojos clavados en ella, como si cada palabra fuera un veneno difícil de tragar.
Ella sonrió con una calma cruel, como quien sabe que tiene todas las cartas a su favor.
—Solo quiero ver a mi hija —dijo, con un tono suave que pretendía sonar maternal, pero que a él le helaba la sangre—. Eso es todo. Llévala a encontrarse conmigo.
—¿Por qué? —espetó Enzo, casi escupiendo la pregunta—. Tú nunca has querido a la niña.
Johana se incl