Alexis sostuvo con ternura la pequeña mano de Melody y la condujo hacia la cama donde su madre descansaba.
El hospital estaba en silencio, interrumpido solo por el pitido constante de las máquinas y el paso apresurado de médicos y enfermeras en el pasillo.
La niña caminaba con pasos cortos, sus ojos grandes y asustados brillaban con una inocencia que desgarraba el corazón.
—Mami —dijo con voz temblorosa, acercándose al borde de la cama—, no te vas a ir al cielo, ¿verdad?
Sienna sintió un nudo en la garganta, el miedo le oprimía el pecho, pero no podía dejar que su hija viera ese temor.
Sonrió suavemente, aunque por dentro se rompía en mil pedazos.
—Claro que no, mi amor —respondió acariciando su rostro—. Mamá es fuerte. Solo van a operarme la cabecita, nada más.
Melody ladeó la cabeza con gesto pensativo.
—Papi dijo que tienes algo malito en la cabeza, y que te lo van a quitar… y que vas a estar bien, ¿sí? —su vocecita se quebró, y enseguida añadió con inocente ternura—: Sana, sana, c