La puerta del baño se abrió de golpe, con una violencia que hizo retumbar las paredes.
El agresor levantó la cabeza, y lo primero que vio fue el cañón negro de una pistola apuntándole directo a la frente.
En el umbral, un hombre alto y, vestido con un traje oscuro, impecable, irradiaba una autoridad feroz.
Su rostro era duro, las sombras acentuaban su mandíbula y sus ojos… aquellos ojos eran los de un depredador.
—¡Suéltala… o te mato aquí mismo! —rugió con una voz grave, cargada de amenaza.
El