El investigador Artemio Vélez estaba guardando sus carpetas en la maleta del auto.
La noche en la ciudad caía espesa, con un aire húmedo que presagiaba tormenta. Estaba a punto de encender el motor cuando algo lo hizo detenerse.
Apoyada contra la puerta de su vehículo, como si hubiera surgido de las sombras, estaba una mujer.
Alta, delgada, con un porte elegante pero cargado de un misterio inquietante. Sus ojos, oscuros y afilados, lo miraban como si pudiera atravesarlo.
—Señorita —dijo Artemio,