Alexis conducía como un hombre fuera de sí.
El volante parecía crujir bajo la fuerza con la que lo sujetaba, y sus ojos, empañados de lágrimas, apenas distinguían el camino.
El motor rugía con desesperación, como si compartiera su tormento interno.
La noche, con su manto oscuro y las luces distantes, se volvía cómplice de aquella locura.
A su lado, Sienna permanecía callada. Su silencio era más ensordecedor que cualquier grito.
Miraba por la ventana, dejando que sus ojos se perdieran en el paisa