Al principio, el silencio en la habitación era denso, cargado de una electricidad invisible que parecía envolverlos a los dos.
Félix se acercó despacio, como un depredador que acecha a su presa, aunque lo que sentía en el fondo era lo opuesto: no quería destruirla, quería que ella le perteneciera, quería fundirse en su piel, borrar cualquier duda de su corazón.
Sus manos se deslizaron lentamente hasta llegar a la espalda de Orla.
Su piel nívea, tersa como porcelana, lo recibió como si hubiera si