La sirena de la ambulancia rompió la noche con un lamento metálico que helaba la sangre.
El resplandor de las luces rojas y azules teñía las paredes y los rostros de quienes observaban con el alma en un hilo.
Félix cargaba en brazos a Fedora, frágil, temblorosa, con la voz entrecortada. Sus palabras eran cuchillos lanzados en medio de la confusión.
—¡Fue mi culpa! —sollozaba, aferrándose a la camisa de él, como si su vida dependiera de ello—. No debí decirle que esperaba un bebé tuyo. Se volvió