Nelly bajó la mirada, incapaz de sostener el peso de aquella verdad que la oprimía.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, y pronto las gotas rodaron por su rostro como un río imparable.
Temblaba, no solo por el miedo a perderlo todo, sino también por la carga de la culpa que por años había arrastrado como cadenas invisibles.
—¡Perdóname! —gritó con la voz desgarrada, un sollozo ahogado en medio de aquel silencio cruel.
Ethan la miró fijamente. Sus ojos, que alguna vez fueron dulces y cálidos, ahora