Las palabras quedaron suspendidas en el aire, como una bomba a punto de explotar.
La asistente lo miró con los ojos abiertos de par en par, incrédula, con el corazón latiendo a toda velocidad.
No sabía si debía creer en aquel hombre o rechazar su veneno, pero la duda ya se había instalado como un virus silencioso.
Marcus, con la paciencia de un depredador, sonrió satisfecho. La semilla de la desconfianza estaba plantada, y sabía que germinaría tarde o temprano.
—¡Eso es… horrible! —dijo la asist