Jeremías sintió que la sangre se le helaba en las venas, un terror indescriptible se apoderó de él.
Cada latido de su corazón resonaba en su pecho como un tambor, acelerando su ansiedad.
La atmósfera en el jardín era densa, cargada de una tensión palpable que hacía que el aire se sintiera pesado y difícil de respirar.
Los ojos de Jeremías se dirigieron rápidamente hacia Enzo, buscando respuestas en su rostro.
—¿Dónde está…? —su voz salió entrecortada, casi un susurro, como si el miedo lo hubiera