La sala de juntas de Montenegro está diseñada para intimidar. Paredes de ébano, muebles de cuero negro, ventanales que muestran la ciudad como si fuera un tablero de ajedrez. Los contratistas hablan en voz baja, revisando los planos que Jesús y yo presentamos. Montenegro, sentado a la cabecera, observa el espectáculo con esa sonrisa de depredador que nunca llega a sus ojos verdes.
Jesús está a mi lado, su presencia una barrera física contra las miradas que recorren mi cuerpo como si mi vesti