Jesús me guía de vuelta al restaurante con su mano aún enredada en la mía. Sus dedos son una disculpa tácita, un reconocimiento de que ha cruzado una línea. Cuando retomamos nuestros asientos, la mesa sigue igual.
Jesús no aparta la mirada de mí. Cada pocos segundos, sus ojos escudriñan mi rostro, buscando señales de mi desgano al mover la comida en el plato con el tenedor.
—Camila, ya basta —dice finalmente, dejando sus cubiertos con un golpe seco sobre la porcelana—. Perdóname. No quiero que