La oficina está sumergida en un silencio espeso, solo roto por el tecleo constante de mis dedos y el tic-tac del reloj de pared. Las luces fluorescentes parpadean como estrellas moribundas, iluminando los papeles esparcidos sobre mi escritorio.
El proyecto Torre Magna debería estar terminado, pero los números bailan frente a mis ojos, mezclándose con imágenes recurrentes: los dedos de Jesús en mis labios, la desesperación en la voz de Marcus, la sangre en el bar durante la fiesta.
La taza de