Llegó el momento. Ese instante que durante meses me pareció una meta inalcanzable, una sombra acechante que dictaría el resto de nuestras vidas, estaba finalmente aquí. Los médicos me trasladaron a la sala de operaciones con una rapidez que me dejó sin aliento. Gracias a todas las complicaciones que habíamos enfrentado, a los sustos de los últimos meses y al reposo absoluto, mi embarazo se había catalogado como de alto riesgo extremo. No había marcha atrás; debían practicarme una cesárea de eme