Contemplé a Mía con una felicidad tan profunda que sentía que mi pecho no podía contenerla, un estado de gracia que duró unos segundos antes de que mi atención se desviara hacia nuestra pequeña princesa. Me acerqué a la cama con cautela, sin dejar de examinarla, maravillado por la perfección de sus rasgos, que parecían una mezcla delicada de ambos.
—¿Qué nombre deseas para nuestra hija? Tengo uno en mente desde hace tiempo —dije, sintiendo la expectación vibrar en el aire.
—Alis —respondimos al