—¿En serio? —vacilé, con el corazón martilleando contra mis costillas, una mezcla de nerviosismo y una alegría tan pura que casi me resultaba ajena.
—Sí, Mía. Estoy completamente seguro —respondió Gabriel, y esa confirmación terminó de acelerar mi pulso, disipando cualquier rastro de duda que pudiera haber quedado en mi mente.
Caminamos con pasos lentos y decididos hasta quedar frente al padre, quien nos aguardaba con una sonrisa serena bajo la luz del atardecer. Gabriel me volvió a tomar de la