La incertidumbre se había instalado en mi pecho como un huésped no invitado, una sombra constante que oscurecía incluso los momentos de aparente calma. Tenía que averiguar, a toda costa y sin dejar espacio a la duda, si en verdad Antonio Salazar había hecho lo que tanto pregonaba. Era la única forma de saber si el hijo que esperaba Mía era fruto de nuestro amor o una huella indeleble de una violencia que me desgarraba el alma solo de pensarlo. Existía, claro está, la opción de realizar una prue