La espera en el hospital se hizo interminable, una tortura silenciosa donde cada segundo parecía estirarse como una fibra nerviosa a punto de romperse. Los padres de Mía, junto a Cesia, permanecían en la sala de espera, sumidos en un estado de shock absoluto. El aire en el pasillo se sentía denso, cargado con el olor antiséptico del lugar y la pesadez de una verdad que acababa de fracturar nuestras vidas.
Cesia, con la mirada perdida en sus propias manos, no dejaba de morderse los nudillos. La