Entramos de inmediato a la casa victoriana que nos han regalado, con el corazón en un puño. Recostamos a Mía con extrema delicadeza sobre uno de los sofás antiguos del salón principal, intentando hacerla reaccionar. Su palidez es cadavérica, una tonalidad que nunca antes le había visto, y ese detalle me hiela la sangre más que cualquier problema de negocios.—¡Llamemos al médico de inmediato, no se mueve! —suelta mi madre, caminando de un lado a otro, visiblemente preocupada.—Lo mejo