El apartamento estaba tranquilo cuando Tara abrió la puerta.
—Mateo, ya llegué.
Dejó las llaves sobre la mesa y se quitó el abrigo.
—Estoy en la sala —respondió Mateo.
Tara caminó hacia allí, pero al entrar lo vio sentado en el sofá con una pequeña caja de madera sobre las piernas.
Frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué es eso?
Mateo sonrió con una calma sospechosa.
—Un regalo.
Tara levantó una ceja.
—¿Por qué?
—Porque hoy cumplimos cuatro meses.
Ella cruzó los brazos con una pequeña sonrisa.
—No s