El amanecer llegó despacio, como si no quisiera interrumpir la calma del lugar. Una neblina ligera se deslizaba entre las hileras de viñas, y el sol apenas comenzaba a pintar los bordes de las hojas con un brillo dorado.
Mateo salió primero. Llevaba una camisa sencilla arremangada y las manos aún tibias del café. Se detuvo un segundo a respirar. El aire olía distinto. Más húmedo. Más antiguo.
—Pensé que serías el primero —dijo una voz detrás de él.
Ernesto ya estaba allí, apoyado en su bastón,