La puerta de la cocina se abrió suavemente.
Tara entró sin hacer ruido.
Para ese momento, casi todo el equipo ya se había ido.
El silencio era distinto ahora, más pesado, más tranquilo.
Sus pasos se detuvieron al verlo.
Mateo seguía en el pase, apoyado contra la mesa de acero, con la mirada perdida en algún punto que no estaba realmente allí.
—¿Sigues aquí? —preguntó ella.
Mateo no se movió de inmediato.
—Sí.
Pausa.
—Supongo que aún no termino.
Tara se acercó un poco más.
—El servicio ya termi