Capítulo 3
La tarde siguiente no fui a firmar: Benjamín me había invitado a la presentación de una película que iba a reestrenarse.

La película se llamaba "El camino a casa". Había debutado en ella cinco años antes. Yo solo aparecía tres minutos: interpretaba a la protagonista cuando era joven, una muchacha de pueblo que acompañaba a su padre a la estación para despedirlo.

Entonces no sabía actuar en absoluto. Tuvieron que repetir más de veinte veces una sola frase:

—Papá, llámame cuando llegues.

El director estaba a punto de empezar a gritarme. Solo Benjamín permaneció a mi lado, repitiendo la escena conmigo. Cuando terminamos, me dijo:

—No lo hiciste muy bien, pero el público va a recordar tu cara.

El día del estreno, papá viajó solo hasta Calveria: cuatro horas en autobús. No quiso gastar ni en una bebida. Llevaba dos choripanes envueltos en papel de aluminio, apretados contra el pecho.

Al salir del cine, le decía a todo el que se cruzaba:

—La que despide a su papá es mi hija.

Tres meses después, papá se puso muy grave. "El camino a casa" fue la última película que vio.

Ese año se cumplían cinco desde el estreno y la productora preparaba un reestreno conmemorativo. Creí que Benjamín me había enviado la invitación porque sabía lo importante que esa película era para mí.

Solo al llegar descubrí que yo había desaparecido del cartel. En mi lugar estaba Yolanda, con la misma chaqueta azul de entonces y el cabello recogido en una cola de caballo idéntica a la mía.

Me quedé inmóvil frente al cartel durante un buen rato. Una persona del equipo me explicó:

—Se volvieron a grabar algunas escenas para la nueva versión. Benjamín dijo que la calidad de imagen del original era mala y que se notaba tu falta de experiencia al actuar, así que le pidió a Yolanda que las repitiera.

Me llevó un rato entenderlo. En la edición conmemorativa, también iban a sustituir aquellos tres minutos en los que yo aparecía por las escenas de Yolanda.

Ella salió de detrás del escenario.

—Alicia, no lo tomes a mal. La productora solo quiere que la historia quede más completa.

Se colgó del brazo de Benjamín.

—Además, él dice que me parezco mucho a ti cuando empezabas.

Benjamín no la apartó. Se limitó a mirarme.

—¿Alguna objeción?

Se me enfriaron los dedos. Por primera vez, no dije que no.

—¿Podrían dejar mis escenas?

La sonrisa de Yolanda se tensó, pero algo pareció iluminarse en los ojos de Benjamín. Se soltó de ella y se acercó a mí.

—¿Por fin te decidiste a pelear por algo?

Bajé la voz.

—Esta película es distinta.

—¿Por qué?

—Mi papá la vio.

Tenía un nudo tan fuerte en la garganta que tuve que esperar unos segundos para seguir.

—Fue la última que vio.

La sonrisa de Benjamín se desvaneció. Seguramente no lo sabía: nunca le había contado que papá fue al estreno.

Aquel día, los periodistas lo habían rodeado. Papá y yo estábamos muy lejos. Él me preguntó:

—¿Ese es el que te gusta?

No me atreví a admitirlo. Solo le dije que era una gran estrella.

Benjamín levantó la mano y me acarició la cara con mucha suavidad.

—Solo volvimos a grabar unas escenas. El material original sigue ahí. No va a desaparecer.

—Pero ya no seré yo a quien vea el público.

—¿Desde cuándo te importa tanto el público? —Su voz tenía un dejo de impaciencia—. No uses a tu padre para presionarme.

Abrí la boca, pero no me salió nada.

—Quizá sea mejor dejarlo —intervino Yolanda en voz baja—. Si a Alicia le duele tanto, yo también me siento mal.

Benjamín volvió la cara hacia ella.

—Esto no tiene nada que ver contigo.

Luego me miró otra vez.

—La publicidad de la edición conmemorativa ya salió. Si ahora me pides que vuelva a cambiar las escenas, ¿qué va a pasar con Yolanda?

—¿Y conmigo?

Lo dije tan bajo que el ruido de las pruebas de sonido frente al escenario casi tapó mis palabras. Pero Benjamín me oyó. Frunció el ceño y estiró la mano hacia mí, como si quisiera abrazarme.

Entonces, el fotógrafo que estaba junto a Yolanda levantó la cámara. Benjamín dejó la mano suspendida un instante y la retiró.

—No hagas una escena. La ceremonia está por empezar. Hablamos cuando volvamos.

Se llevó a Yolanda hacia la alfombra roja. Después de unos pasos, se volvió para mirarme. Supongo que esperaba que lo siguiera en silencio, como siempre.

Sí di un paso adelante, pero en ese momento se encendió la pantalla del escenario y empezó a reproducirse un fragmento de la nueva versión.

Yolanda estaba en la estación, con la chaqueta azul. Le decía a su padre en la película:

—Papá, llámame cuando llegues.

A mi alrededor se oyeron aplausos. Entre la gente, me pareció escuchar la voz de papá, como aquella vez. Decía que su hija brillaba más que nadie en la pantalla grande.

Me detuve y le escribí a Lorena:

«Trae el acuerdo de rescisión. Firmo ahora».

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